jueves, 3 de noviembre de 2016

El hambre de Ícaro


Ícaro se despertó aquella mañana con hambre, quería desayunar el alma de su chica, desnudarla ante los primeros rayos de sol, amables en una ciudad como Gijón. Sus ojos devoraban aquel cuerpo bañado en inocencia y cuatro tatuajes. Abrió la boca y derrotó al deseo con uno de esos  besos que no se borran de la mente, que él no olvida, que ella inquieta, correspondió dormida, a entregar su media virginidad...

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